Libro: Siempre

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Crónica Del Barrio (Primera Parte)

Carlitos, como lo conocen todos en el barrio, no nació con retraso mental. Es la secuela que le dejo la meningitis, cuando tenía poco más de un año.
Son más de las cinco de la tarde. Él esta sentado en uno de los tres canteros gigantes que contienen a las palmeras de la placita que esta frente a su casa. Dos chicos con guardapolvos y mochila, un varón y una nena de unos diez años pasan a su lado, lo saludan y siguen hasta una de las últimas casas de la cuadra, de ladrillos descascarados y jardín en el frente. Más allá de la calle, Carlitos puede ver el terreno municipal convertido en basurero de autos y otros desperdicios. Un hombre dejo un carrito al costado. Esta internado entre los yuyos revolviendo la basura tratando de encontrar algo que pueda servirle para revender o para comer.
En la plaza sólo hay tres toboganes y bancos de cemento con algunas mesas. A Carlitos le gusta estar sentado en la plaza. Ahora mira como juegan a la pelota en el pasto un grupo de tres chicos y, más lejos, la madre sentada en uno de los bancos habla entretenida con una amiga.
Siempre vivió en esa esquina de Los Polvorines, una ciudad pequeña y bastante pobre del conurbano bonaerense. Darragueira es la calle asfaltada y Sirio la de su casa, la de tierra.
Carlitos tiene la cara redonda, los ojos muy negros, y ya casi no le quedan dientes aunque todavía no llega a los 40 años. Zumba un "Ah" permanente que no registra y le cuesta hablar, como si tuviera la lengua adormecida por la anestesia de algún dentista. Pero le encanta hablar con sus vecinos, chicos y viejos, no le importa.
En la esquina la madre mira de reojo mientras trabaja en el jardín de su casa de ladrillos sin revocar. Al lado una pareja de entrerrianos sentados en reposeras playeras toma mate en el porche de su casa de material de dos pisos. El Chevrolet Meriva usado que compraron hace una semana está estacionado en la vereda. Más allá, en la otra casa de dos pisos que tiene como una especia de jaula con rejas negras, abre la puerta una mujer y sale con un balde, seguida por una nena de unos tres años. Carlitos las ve y cruza la calle corriendo para saludar a la nena, mientras su abuela tira en la calle agua que uso para lavar la ropa. Enseguida entran y él vuelve a la plaza pero esta vez se sienta en uno de los bancos. Las mujeres y los chicos ya se fueron. Carlitos se queda mirando la cuadra. La mayoría de las casa están cerradas, no se ve ningún movimiento. Sólo se escucha el golpeteo del martillo del chapista que tiene el taller en un galpón a mitad de cuadra.
Un hombre con un bolso negro al hombro baja de un colectivo rojo en la esquina, lo saluda cuando pasa a su lado y sigue hasta el final de la calle. Más atrás un chico camina con una bolsa en las manos, esta aspirando pegamento camino a la villa que esta a dos cuadras de allí.

Por Gloria Ziegler

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Los mails te tren sorpresas

No iba a ser el jefe por mucho tiempo más. En unos pocos días ya no estaría al frente de la sucursal que la financiera tenía en San Miguel. Lo reemplazaría el encargado de Virreyes, el que siempre se dijo su amigo, pero no le advirtió lo que pasaba porque estaba feliz con el cambio.

Seguramente ese gordo grandote llamado Sebastián nunca imaginó que se le infiltraría un destinatario no deseado al enviar ese mail cargado de chusmerios.

Todos sabían que el encargado estaba con un empleado y hablaba mal de sus compañeros. Más aún, sabían que ese mecanismo se repetía con distintos interlocutores, y ya nadie le daba importancia.

Pero esa mañana fue diferente. A Sabrina, una de las vendedoras, le brillaban los ojos de rabia después de leer el inesperado correo. “Éste se paso”, le repetía a una de sus compañeras que conocía el secreto. No podía permitir que toda la empresa se entere que era la amante del gerente. Reaccionó rápido. Y por eso el cambio de jefe.

Cuando a Sebastián lo llamaron por teléfono para avisarle que lo trasladarían también le brillaban los ojos, sentiría bronca también o quizás ganas de llorar. Sabía lo que pasaba pero no dijo nada. Abrió el cajón de su escritorio, sacó su celular, un atado de cigarrillos y caminó como tantas veces lo hacía en el día hasta la vereda. Parado afuera, de espalda a los empleados encendió su Lucky y llamó por teléfono a ese que creía su amigo y en realidad no lo era. Aquél que al otro día ocuparía su lugar, y que entonces se regocijaría en silencio.

Por Gloria Ziegler