Libro: Siempre

lunes, 31 de octubre de 2011

Balcón


¿Lo pienso? Agustina Guerrero.

Sacó la silla al balcón. Cenó sobre las piernas, medio encorvado. Sonaba un disco y se repetía. Fumó algunos cigarrillos, remató cada colilla en el plato que sostenía. Pensaba. Miraba la única luz de calle que alumbraba y jugaba a hacer foco con la vista. Cortaba la tensión de las pupilas con un nuevo suspiro eterno. Pero cansado de eso, trató de sumar los autos que pasaban por la calle: no vio ninguno. Volvió a la lamparita. Al segundo intento dio por terminado el juego; la lluvia empezó a golpear el toldo grueso de lona roja que se veía desde donde estaba sentado y el ruido lo desconcentró. Por el agua, el color de la tela se fue tornando más oscuro, como la sangre seca en un trozo de algodón. Esa comparación le erizó la piel. Trató de recordar de dónde había sacado tal imagen, no se decidía si descartar primero directores de cine o géneros de películas. Y volvió a pensar en qué estaba antes de todo esto. Mientras, seguía lidiando con la cortina de lluvia que le dificultaba alcanzar la lamparita. El esfuerzo visual le dolió en la cabeza. Acercó una mano a la sien -con la intensión de hacer el gesto del pensador o de frotarse los parpados- y cuando apoyó los dedos en la frente, la sintió lodosa. Se sorprendió, pensó. Miró el techo: estaba seco. Se quedó quieto. Miró alrededor tratando de comprender. No entendía. Finalmente apuntó a la mano y la descubrió ensangrentada. Recordó, algo. Entendió: todo. Y la indolencia le relajó el cuerpo. Sin control sobre sus movimientos, separó las piernas y el plato se estrelló contra el piso. El estallido lo ensordeció, las colillas rodaron hasta el borde húmedo del balcón. Bajó el mentón, lo pegó al pecho y las pupilas dilatadas hicieron foco. Con la mirada fija llegó a contar las siete partes de la losa quebrada. Olió el jugo de la ensalada, lo sintió abrirse camino por el suelo hasta mezclarse. Rojizo. Rojo oscuro. Negro. Nada. 

Florencia Salvador.

viernes, 21 de octubre de 2011

Frágil


Atinar. Agustina Guerrero.

Me desperté de una siesta sempiterna. Autónomo, mi cuerpo fue hasta el baño, abrió la ducha y se sentó sobre la tapa del inodoro a esperar que se calentara el agua. Y estaba ahí, desnudo, perdido entre azulejos blancos que, poco a poco, se iban empañando. Se levantó, barrió la humedad del espejo y vio una imagen deteriorada en el reflejo. Pasó casi media hora bajo el agua que acostumbrada, caía. Sin haber cumplido el digno cometido, cerró la llave y se quedó sobre sus pies. Por efecto de la gravedad, las gotas bajaron por la piel hasta perderse en la tubería. Sus pulmones, respiraban. El corazón, latía. La memoria cotidiana: todavía la tenía. 

Florencia Salvador.

martes, 11 de octubre de 2011

Pulsión



No flota. Agustina Guerrero.

Con aires de accidente a punto de suceder salí a buscarte. Hacía tres días que había dejado de fumar y sabía que solo vos podías revocar mi sentencia. A pesar de los dos motivos para no caminar esas diez cuadras: salí. Pasé el último trago de vodka mientras bajaba la escalera y ya a mitad de camino encendí uno. Pero después de la primera pitada lo tiré al piso. Lo miré. Apoyé la punta del pie sobre el cigarrillo y girando sobre mi eje lo apagué. Volví a casa a llenar el vaso.

Florencia Salvador. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

Agustina Guerrero expone en Barcelona


Agustina Guerrero. 
hola@agustinaguerrero.com

Cien


Si cien años después... Agustina Guerrero.

Un día nos vamos a encontrar en el café que nos venimos prometiendo. Voy a llegar tan fresca y natural como tiempo pasó desde el último encuentro. Me vas a encontrar acodada sobre una mesita del fondo, recostada contra la pared. En ese bar olvidado, los tangos engalanarán. Las cucharas mareadas enfriarán dos tazas blancas y las arrugas serán la prueba de los años que dejamos pasar.

Florencia Salvador.