Libro: Siempre

martes, 16 de octubre de 2012

Cementerio



Cualquiera que nos hubiese visto habría entendido lo inútilmente que vivió. Nuestros abrazos enarbolaban suspiros eternos, clementes. Terapeutas y reparadores de cualquier destino con el que el día nos hubiera castigado. Encontrábamos así, la mejor manera de sanar la condena de una sociedad injusta, de fieles derrochadores de amor subjetivo. Teníamos en la mirada tanta pasión y palabras, que cualquiera que hubiera comprendido aquel lenguaje, se hubiera sentido tan triste como ajeno. Te amaba más que a ningún ideal, más que a cualquier fantasía. Cualquiera que hubiera escuchado nuestra historia, hubiera preferido reconocerla como un cuento. Porque no existe estado consciente alguno que pueda soportar lo que nosotros tuvimos que hacer para esperar las eternas noches en soledad. Porque nunca hubo nadie enfermo de tanto amor. Todas esas madrugadas por las que pasamos esperándonos, sin poder reconocerlo, silenciosos, fundaron en ellos el absoluto miedo que infunda lo imposible. Cualquiera que nos encontrara hoy por la calle, no podría nunca saber cuánta falta nos hacemos. Las historias de amor se convirtieron en un relato que alguien más nos cuenta, ya no las vivimos. A veces nuestra novela nos llega pero, sorprendidos, la escuchamos ajenos. Tanto que nadie se daría cuenta la falta que nos hacemos; porque muy sabiamente supimos proyectarnos en lo que ellos prefieren ver, en aquello que nosotros no necesitamos reconocer. Cualquiera que nos escuchara mientras dormimos separados, moriría en lágrimas desesperadas por elegirnos unidos. Lo que ellos no saben es que así estamos: suspendidos en el último encuentro que no prometió más que un sinfín de sonrisas liberadas al viento, de esas que antecedidas por un suspiro te obliga a cerrar los ojos y a preferirte enroscado entre mis piernas, con la boca cerca de tu cuello, con el fulgor de la mañana de enero entrando por la ventana; La tierra húmeda y fértil perfumando la piel, el pasto -largo y tan fuerte como verdoso- acariciando el viento helado del sur del mundo. Ese plano conífero que tantas veces dibujaste en la planta de mi pie. Cualquiera que nos descubriera hoy separados, jamás entendería por qué dejamos pasar tantos años imaginándonos juntos. Simplemente porque ellos tuvieron que criticar nuestro amor puro para no ver la falta tremenda con la que eligieron morir.

Florencia Salvador.